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Pagué siete mil pesos para que me dijeran que apesto

O lo que es lo mismo, me pagué una editora, por fin, para que revisara mi novela. Y es que yo confiaba en este proyecto, a pesar de que navegaba dolorosamente entre la soberbia de pensarme la nueva revelación de la literatura y que Netflix me compraría los derechos para hacer una serie, a pensar: ¿por qué alguien daría su tiempo para leer esto? ¿Qué importancia tiene? ¿Qué le puedo ofrecer a la gente más que un par de momentos ligeramente graciosos? O sea, yo lo hice por que me gusta y disfruté hacerlo, pero ¿sirve para que lo vean los demás? Estaba lista para los correos masivos a editoriales, a concursos, sentía emoción por la vida, sentía esperanza, planes, triunfo y mi cara se estampo con la mano juzgadora de la editora que me dijo literal: Esto no sirve, no lo mandes a ningún lado, no tiene valor literario, escribe otra cosa. ¿entiendes ir con todo este rush de adrenalina y te estrellen tan fuerte que te rompan la nariz en seco? O sea, no me dijo solo eso, me hizo un montó...

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